viernes, 2 de noviembre de 2007

Soldado que huye sirve para otra guerra

Sólo estaría un día en Madrid entre destino y destino este verano. Al llegar me di cuenta que me habían perdido las maletas, en una de ellas iba mi amado Vaio. Mientras maldecía en todos los idiomas, los que se y los que algún día espero aprender, intentaba recuperar mis cosas a tiempo para poder marcharme nuevamente del asfalto rumbo a la playa. Con la idea de desconectar y regalarme una noche rica de palabras bonitas y mimos y hice un rato para verlo. Una cena rica, un lugar agradable, una noche de verano de esas que hacen que a pesar de todo quiera tanto y tanto a Madrid. Mientras ya casi me estaba olvidando de mis desgracias aéreas lo soltó; entre tapa y tapa me dijo que a su regreso de las vacaciones nos veríamos menos, porque esto se estaba pareciendo demasiado a una relación. Porque si seguíamos teniendo estas maravillosas noches de amor y lujuria (sic) nos involucraríamos. Todavía me sorprendo de mi misma que me haya quedado a escuchar cómo seguía el ¿discurso?. Lo oigo y me pasa como dicen que les pasa a los que se mueren pero se quedan, que lo ven todo desde arriba; creo que hasta la luz blanca vi. Y me veía a mi, sentada en esa terraza, intentando seguir comiendo con ¿naturalidad? Intentando no vomitar, no gritar, no marcharme. Nunca me voy, o tardo más de lo que debiera. Siempre decía que las cosas terminaban mal, porque si no no terminarían. Este final no ha dejado de sorprenderme.