El infierno somos nosotros pensando que tenemos la receta para que los demás solucionen su vida. Siempre tenemos una opinión a mano, la manera en que nuestra amiga/o o compañero debiera resolver algún aspecto de su vida. Por qué nunca le concedemos al otro el beneficio de pensar que tiene neuronas propias, que si quisiera cambiar de trabajo/vivir en otra ciudad/dejarle/adelgazar-engordar, etc. ya lo habría hecho?
Por qué nunca pensamos que el otro llegó hasta donde llegó sin nuestros fantásticos consejos, que ya tenía una vida antes de nosotros y que ha alcanzado logros razonables. Quizás por eso es que forma parte de nuestro círculo de amistades... Ojalá pudiésemos agrandar con lupa lo que nos atrae de ellos, y respetar lo que no nos parece tan fantástico.
Otra variante infernal lo constituyen los comentarios de los otros sobre nosotros. Alguna vez me han dicho "todos dicen que eres..." y mi (pequeño) mundo se ha desmoronado. Mejor incluso cuando no se precisa exactamente la fuente, es aún mas turbador. Y allí estamos nosotros haciendo examen de conciencia como ante la primera confesión antes de la primera comunión, diseccionando nuestra vida para ver cómo podríamos hacernos más simpáticos/agradables/deseables. La pregunta es si queremos gustarles a aquellos que no nos quieren como somos, sino que parecen tener una lista de prerrequisitos para querernos.
miércoles, 28 de marzo de 2007
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